Amarga libertad

AMARGA LIBERTAD

Mi atención hacía ya largo rato que estaba más pendiente del reloj que de cualquier otra cosa. Apenas restaban unos minutos para que se formara una auténtica marabunta escaleras abajo en busca de libertad. Muchos otros estaban como yo, contando cada segundo de una espera que se hacía interminable, como cuando aguardas que te sirvan la comida en un restaurante abarrotado hasta la bandera.

En cuanto dieran la señal, empezarían los empujones y las prisas, los codazos y las carreras… ¿Y todo para qué? Para que cuando llegaras a cualquier lugar del recinto tuvieras que encararte con unos matones por ocupar “su espacio”, acabaras sudando de hacer tanto ejercicio, o sintieras como unos ojos amenazadores y expectantes como búhos vigilaban todos y cada uno de tus sospechosos movimientos, como si allí encerrados fuéramos a atracar algún banco o poner un kilo de explosivos. A pesar de todo, era tiempo de descanso, de escapar de nuestras celdas y sentirnos “libres”, de hablar acerca de cualquier tema banal con el que tenías al lado, o de degustar una deliciosa manzana que debía llenarte el estómago hasta la hora del almuerzo.

No nos quedaba otra alternativa, ese tiempo era nuestro consuelo, el rato que nos mantenía ilusionados desde que nos despertaran sacándonos cruelmente y sin contemplaciones de nuestros camastros, como si un ataque nuclear se cerniera sobre nosotros.

Absorto en mis pensamientos, no me percaté de que sólo unos segundos me separaban de mi ansiada libertad. Fue entonces cuando sonó un ruidoso y desagradable timbre, y el maestro de matemáticas anunció para regocijo de todos:

¾Hasta aquí la lección de hoy chicos, os veo mañana.

Dudo que ninguno oyera sus últimas palabras, todos estaban ya con la mente en otro sitio. El recreo había comenzado.